Profundos sentimientos de autocompasión, verguenza y enojo me invaden mientras tiemblo dentro de mis sábanas. Hace ya varios años que no salía del baño completamente envuelta en mi toalla. Peor aún, el frío que siento es tal que me he metido a la cama y amenacé con no salir de aquí. Mientras sufro mi falta de determinación y me lamento de la debilidad que me ha mantenido enferma recuerdo sonriente mis ya características salidas del baño; la última fue apenas ayer y la próxima será quizas mañana o en dos días, pero a mi me parece como si fuera un recuerdo de otra vida.
Giro las llaves en la regadera, el agua debe estar tibia, casi fría: Lo primero, el lavado del cabello seguido de mis dientes y luego la cara; es importante decidir cuál de los 3 geles especiales usaré hoy. Unos minutos de contemplación, es importante disfrutar del ritual. Sigue el lavado del resto del cuerpo, se hace por secciones, con jabones, geles y esponjas especiales para cada una de ellas. Finalmente, el acondicionador, y mientras espero a que penetre las puntas lavo las medias del día anterior. Tras el enjuague final y algunas veces unos minutos más de contemplación viene un disparo de agua helada, todo para tonificar. Salgo de la ducha, envuelvo mi cabello en su toalla y tomo la otra para deshumedecer un poco el resto de mi cuerpo y la vuelvo a colgar. Siguen las 5 cremas distintas, entre humectantas faciales y corporales, reafirmantes y otras magias pierdo algunos minutos viéndome al espejo. El paso final, el desodorante. Después de tan agotador ritual salgo del baño con sólo una toalla alrededor de mi cabeza y sinténdome libre y feliz, es bueno disfrutar el aire así haga mucho frío. Unos minutos al aire y toda el agua ha desaparecido y es hora de vestirme.
Cómo extraño el aire en este momento, aún así sigo sin querer salir de mi cama. Repentinamente algo me obliga a salir, a luchar contra este frío estúpido. Llaman a la puerta, una visita inesperada me ha hecho recobrar el valor y me saca de este autocompasivo letargo. Soy yo nuevamente, el aire me toca y no me siento vulnerable ni desprotegida, me siento nuevamente viva.
miércoles, 16 de enero de 2008
viernes, 11 de enero de 2008
Y que se me seba
Claro, pues todo mundo pensó que yo me pasé una semana llorandole al amor al son de Jacques Brel y de Edith Piaf, pero no. He llorado sí, pero no al amor, sino de dolor. Resulta que mi plan fue saboteado por los nachos y los tamales del lunes, ¿cómo? indigestión y colitis. Maldita sea mi suerte que mañana voy a estar en el laboratorio para pruebas de sangre y radiografías; no puedo comer en por lo menos una semana y me recetaron tantas medicinas que esto parece farmacia. Ya les contaré cómo me va.
Siempre con estilo...
Este lunes me fui al centro comercial, mi misión ver una o dos películas, comprar un disco, comer un poco y olvidarme del gran enojo que me invadía. Así pues me fuí al Mixup y pues me emocioné con las compras:
Quelqu'un m'a dit de Carla Bruni $311 con Master Card
Infiniment del inovidable Jacques Brel $318 con Master Card
Alright, Still de Lily Allen $99 con Master Card
Sin titolo del genial "Tito" Fuentes $44 con Master Card
Adieu mon coeur, de 100 canciones de la leyenda Edith Piaf $195 con Master Card
100 años de éxitos de Cri-Cri $236 con Master Card
¿y quién es ese señor? libro de Elisa Ramírez $0 con Master Card
Finalmente, llorarle al amor con estilo... no tiene precio
Además, les cuento, por fin logré ver La brújula dorada y me encantó, lloré durante toda la película
Quelqu'un m'a dit de Carla Bruni $311 con Master Card
Infiniment del inovidable Jacques Brel $318 con Master Card
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Adieu mon coeur, de 100 canciones de la leyenda Edith Piaf $195 con Master Card
100 años de éxitos de Cri-Cri $236 con Master Card
¿y quién es ese señor? libro de Elisa Ramírez $0 con Master Card
Finalmente, llorarle al amor con estilo... no tiene precio
Además, les cuento, por fin logré ver La brújula dorada y me encantó, lloré durante toda la película
miércoles, 2 de enero de 2008
En cuestiones de moral...

Estoy entre que me muero de la risa o me instalo en la indignación. Me han castigado. ¡Qué risa! Eso no pasaba desde que tenía... esperen, ¡nunca! Les cuento que hace unos días me encontraba en un bar muy contentita cuando conocí a un fulano con el que me puse a platicar un largo rato. Con el transcurso de la noche, las feromonas hicieron su trabajo y me robó un beso que yo acepté. Nada grave, fuera de lo normal, condenable o inmoral; por lo menos no en exceso. Más tarde decidí quedarme en el bar mientras mi ligue de la noche se iba. En ese momento conocí a alguien más, un chavo que después de preguntar si aquel que partía era mi novio y obtener un no como respuesta me besó sin más. Me agarró totalmente desprevenida pero debo admitir que la sorpresa no fue para nada desagradable. Como consecuencia, nada. Regresé a mi casa y fui a dormir. Todo bien, hasta hoy. Hace un rato platicaba con la encargada del bar, quien resulta ser mi amiga y me dio la mala noticia (ja, ja, ja). Tuvo algunos problemas con la jefa y la despidieron este lunes, la situación era irremediable. Hoy la llamaron y le devolvieron su trabajo (claro, sin ella no dan una) pero bajo ciertas condiciones, una de las cuales es que SI vuelvo a ir (eso me sono como a "mejor que no vuelva") no puedo volverme a comportar de la manera en que lo hice el sábado. Yo me pregunto, ¿y qué demonios tengo yo que ver en el asunto? Más aún, es un bar en el que pasan cosas verdaderamente peores todos los días por las que no regañan a nadie (no pregunten por qué corrieron a mi amiga), claro son clientes y hay que cuidar el negocio. Y digo yo, ¿y yo que soy? ¡Pues soy un cliente, ni más ni menos! ¿A cuenta de qué la mujer puede negociar mi conducta con sus empleados? Me sorprende verdaderamente el asunto, pero ni modo a reír se ha dicho.
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