Había una vez un reino con dos o más princesas. Sí, eran muchas, pero por el momento centraremos nuestra atención en sólo dos. La primera soy yo, y me menciono primero porque soy la mayor. La segunda princesa en cuestión es Paula. Paula y yo vivimos durante mucho tiempo en el mismo reino, compartiendo algo más que juegos, algo más que la cama y el baño cuando nos visitábamos. Paula y yo compartimos la vida, no necesitábamos hablar para contarnos historias y pasábamos horas imaginando juegos, ya fueran sólo nuestros o los compartiéramos con nuestros hermanos. Un día Paula cambió de reino, partió hacia un castillo lejano. Nada cambió: cartas, llamadas, visitas; todo igual, pero con menor frecuencia. Paula no era mi amiga ni mi hermana, pero la relación entre nosotras, nuestro amor sólo pueden ser parcialmente comparados con los que se tienen con una amiga o con una hermana. No era mi hermana porque es mi prima y no era mi amiga porque nuestra intimidad era distinta, superior: no nos contábamos nuestros grandes secretos, no lo necesitábamos; no teníamos pláticas filosóficas, no discutíamos el pasado, no teníamos ninguna de esas conversaciones que tienen las mejores amigas, platicábamos del día a día, del plan para la noche; nuestras vcoces se utilizaban sólo en juegos o trivialidades, porque lo íntimo lo sabíamos y lo demás no era importante.
Hace como nueve años que no sé nada de Paula, bueno sólo lo que me han contado casualmente el resto de las princesas. La alianza que unía a nuestra familia fue rota y por más que prometiéramos llamarnos y obviar las diferencias no pudimos. Un dragón la atrapó en la torre de su castillo. Hoy soñé con Paula y en el sueño me reclamaba el no haberla buscado en su torre, me reclamó el no preocuparme por el dragón que la acechaba. En ese momento, después de casi diez años sin verla me dí cuenta, su dragón es el mismo que el mío y se lo hice saber. El darme cuenta de tan obvia verdad me dio gran poder. Verán, éste es un dragón fácil de vencer si se conoce, si te alejas un poco para darte cuenta del color de su piel (las cosas muy de cerca son tan invisibles como cualquier punto más allá del horizonte); el color de mi dragón es el de la estupidez, el de la solidaridad y la fidelidad indiscriminadas, el de la falta de diplomacia para lograr ser amigo de los enemigos de tus amigos (aunque suene a trabalenguas). Ahora que lo pienso, yo no rompí ninguna alianza, pero por ser fiel a mi reino perdí a la mejor amiga y a la mejor hermana que ninguna amiga y ninguna hermana jamás podrán ser sin darme cuenta que de quererlo podría tener ambos. En cuanto publique esta entrada tomaré el teléfono y llamaré a Paula.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario